Henar Vico.

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Desde los años ochenta la religiosidad, como antecedente del voto, ha ido progresivamente perdiendo fuerza.[1] En efecto, en la denominada sociedad post-moderna, los niveles de creencias y la importancia de las prácticas religiosas entre otros factores, han conocido una sustancial diminución. Este fenómeno es generalmente explicado a través de los procesos de secularización, a los que Europa tuvo que hacer frente.[2] A pesar del hecho, de que a lo largo del continente, este proceso no tuviese la misma intensidad, ni evolución, estuvo en mayor o menor medida presente en los distintos países europeos, ya fuesen de confesión protestante, católica, mixta u otra.

Sin embargo, en los años noventa se retoma repentinamente el interés en el voto religioso, tema que parecía haber caído en el olvido desde hacía ya unos años. Esto se debía, a que el voto religioso dictaba mucho de haber desaparecido.[3]

Frente a todo esto, nos encontramos con la presencia de nuevas generaciones, que se socializarían en un contexto de democracia, donde la religión no articulaba de manera tan importante la vida política y social (como podría ser el caso de España tras la transición). Esto nos lleva a cuestionarnos, la relación de los jóvenes con la religión, y en particular, si el hecho de que el electorado más joven al ser más volátil[4], lleva a los partidos a intentar obtener sus votos, gracias a la polarización de ciertos temas vinculados a la religión.

En efecto, para analizar y estudiar el voto religioso (en los más jóvenes, es decir alrededor de los 18 y 32 años), debemos definir con exactitud este último. Así, el voto religioso es más que la simple conexión entre un “elemento estructural”, en otras palabras ser católico, protestante etc. y votar a un determinado partido. Podemos por lo tanto citar los conocimientos estudiados en clase y declarar que, “pertenecer o no a una confesión, practicar o no sus preceptos, confiar o no en las instituciones que las sustentan, o creer o no en sus dogmas tiene consecuencias en la conformación de un conjunto de actitudes y valores que pueden encontrar un reflejo en la arena política, también a través del comportamiento electoral”[5]. De este modo, el nivel de religiosidad del individuo o del grupo, encuentra conexiones con la esfera pública.

En el caso de España, el franquismo se impone como una época durante la cual, el poder de la Iglesia y por lo tanto, la influencia ejercida sobre los ciudadanos es más que significativa. Se habla de esta manera de religión de Estado. No obstante, la transición democrática va a marcar una especie de proceso de laicización, en el cual los debates religiosos van a ser apartados de la esfera electoral.  Así, como hemos mencionado con anterioridad, las siguientes cohortes van a socializar y vivir en una democracia ya constituida.

Según datos del INE, en 2017 la “generación de la democracia” representa el 36% de toda la población española[6]. Y entonces, ¿qué peso tiene la religión en la vida de los  jóvenes? ¿Cómo podemos explicar la aumentación del voto religioso a través de los más jóvenes?

Observamos de este modo que a lo largo del transcurso del tiempo, el porcentaje de personas que se consideran “nada religiosas”, aumenta considerablemente (de forma más o menos estable) hasta la generaciones nacidas en los años 90. Sin embargo, el porcentaje desciende de forma drástica para las nuevas generaciones del 2000, hasta llegar a un 9,2%. Del mismo modo, si centramos nuestra atención en el otro extremo, considerarse “muy religioso”,  desde finales de los 70 hasta las generaciones nacidas en el 2000 también hay un cierto incremento (pasando así de 4,0% a 6,1%).

Esto podría tener una posible explicación a nivel de cohortes y de ciclo vital. Es decir, al tener diferentes experiencias vitales y entornos de sociabilización, la percepción de la sociedad difiere y de este modo, su relación con la religiosidad también. De esta manera, los partidos tradicionales (como en España puede ser el PSOE o para un voto más conservador, más bien el PP), poseen principalmente el apoyo de aquellas cohortes que vivieron la transición y que poseen “vínculos afectivos” (asociación de ciertas temáticas más a un partido que a otro).[7] Pero, poco a poco estas cohortes se ven relevadas por otras nuevas, cuyo vinculo emocional con la democracia no es tan latente, y que se podría incluso pensar que están mas desvinculados con ciertas apelaciones partidistas clásicas.

Esta explicación, puede hacernos pensar que la voluntad de activación de temas religiosos y morales, se debe a la voluntad de una mayor polarización partidista. Puede deberse a estrategias políticas e incluso electorales en una desesperada elusión de perdida de votos. De este modo, el hecho de que el voto joven sea caracterizado de volátil (por explicaciones como una débil identificación partidista o también debido a una menor costumbre en el ejercicio del voto), crea así un posible espacio de competición partidista. Pero y ¿qué muestran los datos?

Observamos que los niveles de porcentaje de votantes del PP son efectivamente más importante en las generaciones nacidas antes. De igual manera, los porcentajes de las generaciones nacidas más cercanas al 2000 son significativas. Lo que podría ser un indicador de esa voluntad de seguir captando el voto joven  (gracias  a la polarización de ciertos temas). Pero que tampoco indica con exactitud que se trate de un acierto.

Ciertos expertos como Gabriel Alconchel, director del Instituto de la Juventud, hablan de un “desplazamiento de lo religioso al ámbito privado”. Sumado a un distanciamiento cada vez más importante de los jóvenes de la Iglesia y por consecuencia de la propia religión (el numero de jóvenes que se consideran ateos es significantemente mayor, 29% en 1975 frente a un 42,4% en 2010)[8].

Todo esto, podría explicar que a pesar de que se ven importantes incrementos en los porcentajes de la religiosidad (en particular en los jóvenes, nuestro objeto de estudio), esto no se ve sistemáticamente reflejado en el voto. Sí es verdad que el voto de las generaciones más recientes muestran altos porcentajes de voto a partidos como el PP (alusión a temáticas morales y religiosas), estos porcentajes siguen aún siendo menores que le de otras generaciones ya adultas. De ahí que podamos pensar, en una reactivación de los debates morales y religiosos como modo de polarización y de posible captación del voto joven.

 

Referencias: