María Aguilera de Aranzadi.

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La crisis económica que estalló a finales de 2008 e hirió profundamente a la sociedad española generó una gran desigualdad; esta circunstancia ha reactivado el voto de clase, definido como la tendencia de los ciudadanos que comparten una misma clase social a votar por un mismo partido (Evans, 2017).

La Revolución industrial del S.XIX introdujo en Europa una clara división social entre los dueños de los medios de producción y los trabajadores manuales de las fábricas. Los obreros acabaron votando por partidos socialdemócratas y comunistas. De hecho, una de las regularidades más sólidas observadas en el comportamiento electoral es el mayor apoyo de la clase trabajadora a partidos de izquierda (Polavieja, 2001). El voto de clase tuvo mucha fuerza en sus inicios, pero ha ido perdiendo importancia desde los setenta debido a factores como la movilización social, la aparición del estado de bienestar, la terciarización de la economía, y la creación y estrategias de los partidos catch-all que despolitizan la clase para ganar votos.

En España, Torcal y Chhibber consideran que la clase social tiene una gran influencia en la formación de las preferencias electorales de los dos principales partidos, PP y PSOE. Dan cuenta de que hay una diferencia significativa en la clase social de aquellos que votan al PSOE de los que no lo hacen, pues este partido obtiene votos en mayor proporción de las personas que afirman formar parte de una clase social más baja y evidencian un estatus social inferior (1995). Sin embargo, la mayoría de trabajos que estudian sobre la materia coinciden en que la importancia de la clase social a la hora de determinar las preferencias electorales de los ciudadanos se ha reducido en los últimos años, hasta el punto de que se ha convertido en un concepto irrelevante y desfasado (Soriano, Escalera, de la Sierra y Torrens, 2015).

La crisis económica que ha tenido lugar en la última década ha traído consigo consecuencias demoledoras para la sociedad; fundamentalmente altos niveles de desempleo, disminución de salarios y precariedad laboral y, finalmente, debido a todo lo anterior, un progresivo aumento de la desigualdad social (Álvaro Benítez, 2017).  El resultado de la crisis, del descontento de la sociedad y de la mala gestión que los partidos han hecho de ella es la revitalización de la clase social y la activación del voto de clase que se traduce en la aparición de populismos; en España de la mano de Podemos.

El concepto de populismo ha sido muy repetido a lo largo de 2016, sobre todo como reproche o descalificativo hacia Podemos. Es un término complejo que ha sido definido como una ideología delgada que considera que la sociedad se divide en dos grupos homogéneos y antagónicos, la gente pura y la élite corrupta. Se trata de grupos con intereses irreconciliables, lo que lleva a enfatizar la soberanía nacional o popular. Es un instrumento de poder que ha sido utilizado por Podemos, pues en sus discursos se ha podido apreciar el uso de esta distinción entre pueblo y élite, entre pueblo-oligarquía o ciudadanía-casta (Pérez Colomé y Llaneras, 2016).

Podemos es un partido joven que aparece en el escenario político a principios de 2014 con pretensiones de presentarse a las elecciones al Parlamento Europeo. Tras la crisis económica, los españoles no estaban contentos con el gobierno que se estaba haciendo de la crisis, y es por esta razón que el discurso de Podemos ha conseguido conectar con gente que se sentía abandonada por sus representantes políticos, la sociedad no veía que ningún partido les entendiese y aportase solución a sus problemas y por eso consiguió hacer un discurso con el que la gente se sintiese identificada. Es decir, Podemos surge como consecuencia de la crisis y de la mala gestión que han hecho de ella el resto de actores políticos (Juez, 2015). Como consecuencia del descontento de la población se produjo una crisis de representación, el desalineamiento de los partidos tradicionales y el realineamiento a los nuevos como Podemos.

Como ya se ha apuntado, las principales consecuencias de la crisis económica han sido el desempleo y la precariedad laboral, dos factores ligados a la clase social. Según datos de la Encuesta Social Europea de 2014 los grandes perjudicados por la crisis, es decir, los desempleados, se sienten identificados en mayor medida con Podemos. Este dato es más representativo cuando las personas llevan alrededor de 5 años sin empleo. Lo mismo sucede con la precariedad, medida por el número de horas trabajadas a la semana. Se puede observar que las personas que trabajan un máximo de diez horas a la semana, claro indicador de precariedad laboral por la incertidumbre que provoca y porque un contrato de esas características no permite cubrir las necesidades básicas, también sienten mayor simpatía por Podemos.

Se utilizan datos de 2014 en primer lugar porque es el momento en que surgió Podemos, y en segundo, porque para 2016 aún no hay datos para España. Sin embargo, las elecciones generales en nuestro país se celebraron en 2015, por este motivo, hemos de medir el desempleo y la precariedad con la identidad partidista (simpatía hacia un determinado partido), no con el voto.

En definitiva, si el desempleo y la precariedad son factores ligados a la clase, y se ha demostrado que son los desempleados y los que tienen unas condiciones de trabajo precarias los que se han sentido identificados en mayor medida con Podemos, es plausible concluir que la crisis económica ha reactivado el voto de clase. Vuelve a ser relevante la clase social en la formación de las identidades partidistas y del voto pues son los principales “perdedores” de la crisis los que se sienten identificados con la nueva alternativa partidista. De la misma manera que tradicionalmente las clases más “bajas” se han identificado con el PSOE, los más perjudicados por la crisis se ven en la actualidad representados por Podemos.