Victoria Ontiveros García.

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Como bien sabemos, la mujer ha ido adquiriendo cada vez más protagonismo a lo largo de las últimas décadas, lo cual se ha traducido en una mayor ocupación por su parte de la esfera pública y de los elementos que la componen, antes reservados al género masculino. Sin embargo, pese a los profundos cambios que hemos experimentado como sociedad este último siglo en Europa, por algún motivo sigue existiendo una significativa brecha de género en lo que se refiere a la participación y al interés en la en política (Verba, Lehman y Burns: 2001).

Por un lado, estudios parecen demostrar que los hombres suelen tener más conocimientos y estar más interesados que las mujeres en asuntos políticos (Fraile, Pereira y Rubal: 2015) (Verba, Lehman y Burns: 1997). Por el otro lado, están aquellos que cuestionan los conceptos bajo los cuáles se mide este interés, argumentando que no se trata de que haya “más o menos” interés, si no de la existencia de un interés “diferente” (Verba, Lehman y Burns: 2001, 62) (Coffé, 2013). En lo que todos parecen estar de acuerdo, es en que la disparidad de género en la participación ciudadana es el reflejo de las desigualdades que existen a nivel estructural en la sociedad, que se manifiestan día a día en las instituciones sociales. (Verba, Lehman y Burns : 2001).

Resulta interesante analizar cómo esta disparidad se manifiesta en factores psicológicos, como la confianza que tienen ambos géneros en el sistema y en sus propias capacidades de influir sobre el mismo. Esto se observa en en el primer y el segundo gráfico, que reúnen datos obtenidos de la Encuesta Social Europea[1]. El primer gráfico enseña la percepción que tienen los europeos sobre la capacidad del sistema de permitir a los ciudadanos influir en política, también llamada eficacia externa. Por el otro lado, el segundo gráfico muestra la percepción sobre la eficacia interna de la ciudadanía, la cual se refiere a la confianza que cada ciudadano tiene sobre sus propias competencias y capacidades de participación en temas políticos.

Si bien miden variables distintas, ambos gráficos resultan ser increíblemente parecidos. En el primero se puede observar que el porcentaje de mujeres que dice tener nada o poca confianza en el sistema político (alrededor de un 57%) es mayor al porcentaje de hombres que dice lo mismo (alrededor de un 52%). Lo mismo ocurre en el caso de la confianza en sus propias habilidades (53% contra un 41%) . Por el contrario, el porcentaje de hombres que responde tener mucha o total confianza en el sistema y en sus habilidades es superior en ambos casos al porcentaje de mujeres que responden igual (15,6% contra un 12% en el primero, y 27% contra un 17,8%, en el segundo). En resumen, las mujeres parecen confiar menos en sus habilidades personales que los hombres, así como también perciben una mayor hostilidad y menor eficacia por parte del sistema político para su participación.

La confianza en la eficacia interna y externa del sistema -o la ausencia de ella- parece traducirse a su vez en el interés que poseen los individuos por la política. Esto se puede observar en el tercer gráfico, que enseña la composición de cada categoría de respuesta según el género.

Al igual que en los gráficos anteriores, la recta que se refiere a los hombres tiene pendiente positiva, mientras que la que corresponde a las mujeres tiene pendiente negativa. De un 18,4% de la población que dice no estar nada interesada en política, un 61,4% son mujeres, mientras que un 38,6% son hombres. Ocurre al revés con el 12,2% que dice estar muy interesado, donde el 62,2% son hombres y el 37,7% mujeres. La diferencia que existe entre ambos géneros en los países europeos entrevistados es muy significativa. Sin embargo, ¿Se refleja esta disparidad en la actividad política que lleva a cabo la ciudadanía? ¿Participan más los hombres que las mujeres, o depende del mecanismo de participación?

Es importante aclarar que la actividad política no consiste únicamente en la participación electoral o en la ocupación de puestos de representación política, si no que se puede considerar participación política a todo aquello que busque influir sobre las decisiones políticas, o bien sobre la elección de los representantes que las toman (Verba, Lehman y Burns: 2001).

Al observar el tercer gráfico, se pueden concluir dos cuestiones: En primer lugar, los hombres suelen estar presentes en mayor proporción en aquellas formas de participación que implican una organización colectiva y/o una mayor implicación en la vida pública. Esto se observa en aquellos mecanismos como la participación en una organización, la participación en una manifestación o el trabajo en un partido político, donde más del 50% son hombres. En segundo lugar, las mujeres optan por tipos de participación más privados y menos sujetas a una implicación personal en la vida política, como lo son el boicot, la firma de peticiones o el uso de símbolos de campaña, que actividades más vinculadas a la esfera privada y de menor intensidad. Tendría sentido que esto se explicase por la mayor desconfianza de las mujeres en sus habilidades personales, así como en la eficacia externa de su participación.

Si bien las diferencias entre ambos géneros no son abismales- a excepción del trabajo en un partido o grupo político, ninguna supera los 10 puntos- si se consideran estas cifras en una población de 750.000.000 de habitantes (la población aproximada de Europa), las diferencias tienen un potencial político importante, que se traducen en la capacidad de representación de las mujeres por parte de los sistemas políticos (Verba, Lehman y Burns: 2001). Y, como Robert Dahl decía, “la participación política es la voz de los ciudadanos. Si los ciudadanos no hablan, los políticos no oirán nada. Y si unos hablan más que otros, prestarán más atención a los primeros”.

[1] Es importante destacar que todos los datos obtenidos se analizan de acuerdo a una media sacada en Europa de toda la Encuesta Social Europea. La media de resultados variará de acuerdo a los años y los países en los que se aplique.