Rodrigo García.

Un ingrediente básico en el buen funcionamiento de una democracia son elecciones libres y competitivas, donde los ciudadanos escogen representantes para cada mandato (Schumpeter, 1950; Przeworski, 1991). Gracias a este proceso los poderes públicos de los países desarrollados se conforman de acuerdo con las distintas preferencias de los votantes. Es de suponer que el modo en que se lleven a cabo las elecciones pretenda reflejar la diversidad de los habitantes en la conformación del legislativo. Y, sin embargo, esto puede dificultar la tarea del ejecutivo, al haber demasiadas propuestas de gobernanza. En ese caso, podría parecer que el régimen democrático pierde calidad al no poder realizar las políticas que se requieren. 

Es el dilema constante de los sistemas electorales. Los proporcionales buscan representar mejor la diversidad de la población; los mayoritarios intentan definir mayorías que gobiernen con facilidad; los mixtos combinan aspectos de los dos anteriores. La preferencia por uno o los otros se sitúa dentro de una pugna histórica. 

Ahora entra en juego el concepto de calidad de la democracia. Se entiende como la adecuación del régimen a unos parámetros comparativos que demuestren el correcto, eficaz y transparente funcionamiento de los poderes públicos del país. Por ejemplo, bajos niveles de corrupción política – tanto a nivel legislativo como ejecutivo –, legitimidad y eficiencia del gobierno, control en el proceso electoral, etc. Diferentes factores que prueban que la democracia es no sólo respetada, con las libertades y derechos que implica, sino que incluso funciona mejor que en otros países. Entendida así la calidad de la democracia, la hipótesis que se plantea este trabajo es la siguiente: en los países de la OECD, ¿el sistema electoral influye en la calidad de la democracia? Y en tal caso, ¿qué sistema electoral da mayor calidad? Investigando esta cuestión se podrá hacer un inciso más adecuado acerca de la relación entre ambos conceptos en democracias consolidadas.   

Los datos se han recogido del informe de 2020 del Quality of Government Institute (QoG), de la Universidad de Gotemburgo. Observamos los países de la OECD entre los años 2000 y 2019.

La primera variable a observar es el tipo de sistema electoral que han tenido estos países. Para ello se toma como referencia la división del Democratic Electoral Systems Around the World (Bormann & Golder, 2013) en tres tipos cualitativos: proporcional, mayoritario y mixto. Sobre los 20 años observados se obtiene una muestra de 720 sistemas electorales en 36 países. El sistema más comúnmente utilizado ha sido el proporcional (469), seguido por el mixto (151) y el mayoritario (100). Dividido por países, se comprueba que todos han mantenido el mismo sistema durante el periodo de tiempo descrito, a excepción de Italia entre 2000-2005, y Grecia entre 2007-2011 (experimentaron con sistemas mixtos). Esto señala cómo los electorales son un rasgo normalmente constante en los sistemas políticos nacionales.

Tabla 1: Sistema electoral por países (N= 270)

Mayoritarios = 100 (13,9%) Proporcionales = 469 (65,1%) Mixtos 151 (21%)
Australia (2000-2019) Austria (2000-2019) Alemania (2000-2019)
Estados Unidos (2000-2019) Dinamarca (2000-2019) Corea del Sur (2000-2019)
Canada (2000-2019) Bélgica (2000-2019) Grecia (2007-2011)
Francia (2000-2019) Chile (2000-2019) Hungría (2000-2019)
Reino Unido (2000-2019) República Checa (2000-2019) Italia (2000-2005)
Estonia (2000-2019) Japón (2000-2019)
Finlandia (2000-2019) Lituania (2000-2019)
Grecia (2000-2006), (2012-2019) Méjico (2000-2019)
Islandia (2000-2019) Nueva Zelanda (2000-2019)
Eslovaquia (2000-2019)
Eslovenia (2000-2019)
España (2000-2019)
Irlanda (2000-2019)
Israel (2000-2019)
Italia (2006-2019)
Latvia (2000-2019)
Luxemburgo (2000-2019)
Noruega (2000-2019)
Países Bajos (2000-2019)
Polonia (2000-2019)
Portugal (2000-2019)
Suecia (2000-2019)
Suiza (2000-2019)
Turquía (2000-2019)

 

Se había hecho ya alusión a las características generales básicas de las familias. Los datos del QoG ayudan a verificarlo: primero está la facilitación de la formación de gobiernos en los sistemas mayoritarios y su consiguiente efectividad para promover las políticas de sus programas (gráfico 1); segundo, en los países proporcionales se sitúan cámaras legislativas con mayor diversidad de partidos, más representativas en cuanto a votos emitidos (gráfico 2).

Gráfico 1. Relación entre la variable independiente cualitativa “sistema electoral” (gol_est) y la variable dependiente cuantitativa “efectividad del gobierno” (wbgi_gee, Worldwide Governance Indicators, https://info.worldbank.org/governance/wgi/

Este gráfico, elaborado mediante la herramienta ANOVA, indica que sobre una escala del 0  al 2, en los países mayoritarios la efectividad del gobierno es significativamente superior a la del resto de sistemas electorales.

Gráfico 2. Relación entre “sistema electoral” y “número efectivo de partidos a nivel de voto” (cpds_enpv, Comparative Political Data Set, http://www.cpds-data.org/)

 

El gráfico muestra que en los proporcionales el número de partidos que, gracias a los votos que reciben, tienen capacidad de influir en la dirección política del país es significativamente superior al del resto de sistemas (entre 5 y 5.5 partidos efectivos).

Ahora toca comprobar la relación que existe entre la calidad de la democracia de cada país y el sistema electoral que posee, y averiguar si este último afecta al primero. Para ello se utiliza como variable dependiente el índice “nivel de democracia” (fh_ipolity2) del estudio Freedom in the World (https://freedomhouse.org/report-types/freedom-world), el cual mide la validez y calidad de la democracia de los países en una escala del 1 al 10. Los resultados de la comparativa (gráfico 3) indican que son los países mayoritarios donde el nivel de democracia es significativamente más elevado. Esto, en un primer momento, parece tener sentido en tanto que es indudable el buen funcionamiento de las instituciones políticas en tales lugares como Australia o Canadá, democracias antiguas donde se garantizan las libertades civiles y el respeto de los derechos políticos.

Gráfico 3. Relación entre “sistema electoral” y “nivel de democracia”

Sin embargo, cabe preguntarse si la comparación entre dos únicos factores es adecuado para medir el nivel de calidad de una democracia. Tal y como ya se ha apuntado, características como la corrupción política o la capacidad de respuesta a las demandas ciudadanas también son a tener en cuenta para valorar una democracia. Por eso se realiza un nuevo estudio incluyendo otras variables independientes, como un índice de democracia electoral, de empoderamiento en política de las mujeres y un indicador de la calidad del gobierno (tabla 2).

Tabla 2. Nivel de democracia de los países de la OCDE

Estimate S.E.
Constante (Intercepto) 2.049* (0.18)
Índice democracia electoral

(vdem_polyarchy)1

5.631* (0.35)
Índice empoderamiento mujer

(vdem_gender)1

2.731* (0.32)
Indicador calidad gobierno

(icrg_qog)2

0.570* (0.12)
Sistema electoral:

Mayoritario – Mixto3

Proporcional – Mixto

-0.214*

-0.196*

(0.05)

(0.04)

R2       0.755

N         619  

*p-value < 0.01
  1. Fuente: “Varieties of Democracy Dataset version 9” (https://v-dem.net/en/data/)
  2. Fuente: “ICRG Indicator of Quality of Government”                                                     (https://www.prsgroup.com/about-us/our-two methodologies/icrg)
  3. Los resultados (estimate) son calculados tomando como nivel de referencia el sistema electoral mixto

Se observa que los resultados han cambiado. Si todas las variables de la tabla fuesen 0, el nivel medio calculado de democracia en los países de la OECD sería de 2 sobre 10 aproximadamente. Luego, sumando el índice de democracia electoral, el nivel de democracia medido aumentaría cerca de 5.5 puntos, mientras que el índice de empoderamiento de las mujeres aporta 2.7 puntos, y el indicador de la calidad de gobierno 0.6 puntos. Todas estas variables tienen una influencia significativa sobre el nivel de democracia, al igual que el sistema electoral, pero este en menor medida. Lo interesante que señala la tabla 2 es que el mayoritario ha dejado de ser el sistema que permite mayores niveles de democracia. Al contrario, se observa que el nivel disminuiría 0.2 puntos cuando se le compara con el sistema mixto, y lo mismo sucede cuando se compara el proporcional con el mixto. Esto significa que cuando el sistema electoral en los países de la OECD es mixto, la calidad de la democracia aumenta ligeramente (gráfico 4).

Gráfico 4.Relación entre “sistema electoral” y “nivel de democracia” teniendo en cuenta el “índice de democracia electoral”, el “índice de empoderamiento de las mujeres” y el “indicador de la calidad de gobierno”  

En conclusión, se ha probado que para medir la calidad de la democracia es conveniente tener en cuenta una amplia variedad de factores influyentes. El respeto de principios y derechos democráticos, la presencia de corrupción política, el funcionamiento de la administración, la presencia de mujeres, etc. Y también, en menor pero interesante medida, influye el sistema electoral. Lo destacado de este trabajo radica en la prueba de que es más conveniente combinar estos factores a la hora de medir su influencia en la calidad democrática, en vez de estimarlos por separado, porque pueden darse resultados diferentes (incurriendo así en cierto modo en la conocida “paradoja de Simpson”). Gracias a esto se ha podido mostrar que no es el sistema electoral mayoritario el que más aporta al nivel de democracia, sino el mixto. Posiblemente esto pueda deberse al intento de combinación de los aspectos más convenientes de cada sistema, lo cual llevado a cabo de manera adecuada aporte equilibrio entre representatividad legislativa y eficacia ejecutiva. Una fórmula que la experiencia de ciertos países demuestra no tan sencilla de obtener, pero que de lograrse puede resultar muy conveniente.