Paula Sánchez Rabadán.

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“Siguiendo la idea de un orden lexicográfico, las limitaciones a la libertad redundan en beneficio de la libertad misma… una libertad menos extensa debe reforzar el sistema total de libertad compartido por todos” (Rawls, 1995).

Que difícil resulta hablar de restricciones en tiempos de democracia, donde la libertad y la participación se asumen como fundamentos de la misma. Su triunfo sobre el resto de sistemas políticos redunda en una premisa universalmente aceptada; Es la estructura institucional que mejor refleja la voluntad del pueblo, consecuentemente podríamos pensar que cuanto más participativa sea la democracia mayor será su capacidad representativa y por ende su eficacia.

Contra esta premisa autores como Lijphart han mantenido la teoría sobre como un aumento en la participación implica un crecimiento de las desigualdades económicas y de la división social. Construyen su argumentación en torno a cómo el voluntarismo del voto favorece a las clases altas y sofisticadas, puesto que presentan una mayor tendencia a implicarse en la vida pública y en los comicios, de este modo su estatus queda sobre representado en las asambleas nacionales, mientras que las preferencias de las clases más bajas se quedan a las puertas de los parlamentos al relacionarse con menores índices de participación.

Podemos comprobar como durante el desarrollo de las democracias consolidadas se ha producido una evidente evolución de los índices de participación generalizados, lo que debería traducirse en una mejora de la democracia representativa, donde cada vez estén más presentes las preferencias de los ciudadanos y que dé lugar a instituciones con mayor capacidad descriptiva demográfica y socioeconómica.

Sin embargo, presenciamos a diario como las ofertas populistas lideran las urnas allí donde se establezcan y como los ciudadanos son constantemente empujados a votar sin una información suficiente lo que produce ejemplos de diacronía electoral por todo el mundo democrático; Muestra de ello, el 23 de Junio de 2016 un referéndum puso en jaque a la tan clamada unidad de la Unión Europea, los ciudadanos ingleses decidían abandonar el amparo de la Comunidad para sorpresa de los mismos. Solo tres días más tarde, en las elecciones generales españolas, el pueblo volvía a dar su apoyo al Partido Popular tras cuatro años protagonizados por políticas de austeridad y masivas protestas paralelas contra los recortes. Mientras que el 10 de noviembre del mismo año el mundo entero contuvo el aliento cuando los estadounidenses blancos apoyaron masivamente el discurso xenófobo y antisistema de Donald Trump. La intuición me dice que los futuros acontecimientos en Cataluña nos permitirán ampliar la hemeroteca.

Estas experiencias electorales hacen que me cuestione los efectos de la universalidad del voto, como bien apuntaba Rawls una disminución de la libertad puede suponer una garantía para la misma. En tanto que las decisiones de los ciudadanos sigan contaminadas por la demagogia mediática, influidas por entidades corporativistas y condicionadas por la falta de una información política real, la democracia seguirá devaluándose. De hecho el pueblo alemán puede darnos un valioso ejemplo sobre como una mala elección puede no solo poner en peligro el sistema democrático, sino incluso la paz mundial. Aun así, el voto se considera como un derecho infranqueable sin que se subraye la responsabilidad que conlleva.

Descartado el problema del grado de participación, movemos el foco del estudio a la calidad de la misma que mediremos a partir del interés de los sujetos en la arena política. El axioma central de la teoría clásica de la democracia supedita su funcionamiento a la existencia de un modelo ideal de ciudadano involucrado en la vida pública, a la que adjudica un nivel de relevancia sino igual o superior que a la privada. Por otro lado la teoría racionalista se asienta sobre una concepción del humano prototipo, que conoce sus intereses, se mueve en torno a la lógica perfecta del que maneja toda la información y en consecuencia podemos confiar en que su voto sea coherente.

Por el contrario, es más que conocido que dicha racionalidad está condicionada por limites en dos esferas diferentes; primero nuestro propio sistema cognitivo y segundo la disponibilidad de la información. Un estudio llevado a cabo en EEUU por Raw y Red Lawsk demostró como la coherencia del voto, o como ellos lo denominan el “voto correcto”, está condicionado por la información que procesamos, de esta forma la corrección aumenta en relación al número de candidatos, al nivel de competitividad entre ellos y a la igualdad en los recursos a su disposición.

La relevancia en esta línea de investigación se pone de manifiesto al comprobar que el votante sin interés en política no es un ejemplo aislado que pueda influir ligeramente en los resultados electorales. En España, concretamente, el porcentaje de votantes no interesados asciende al 59%, no podemos considerar el efecto que tiene su participación como una pequeña externalidad cuando implica una incidencia directa en el resultado de los comicios

Si analizamos el perfil de este segmento de población comprobamos; en primer lugar, que sus votos han constituido la mayoría del apoyo electoral de los partidos principales, además este fenómeno no ha experimentado cambios en las diferentes elecciones.

En segundo lugar, paradigmáticamente, constatamos como son estos mismos votantes, que favorecen los triunfos electorales de los partidos líderes, los que muestran un mayor grado de insatisfacción con el gobierno nacional ¿Cómo puede suceder esto?

Son dos las variables que pueden explicarnos esta incongruente relación: La primera tiene que ver con el comportamiento electoral de esta clase de votantes; en su mayoría son votantes sin ideología que se posicionan en el centro de la escala izquierda-derecha. En España este espacio electoral  ha estado tradicionalmente reservado a la competencia entre PP y PSOE. Esta hipótesis se ve reforzada al tener en cuenta que estos votantes también presentan las tasas más bajas de afiliación partidista, lo cual reduce las probabilidades de votar a otros partidos en base a issues como la empatía política.

Para que esta explicación resulte concluyente es necesario vincularla con una segunda premisa; La falta de una reflexión previa a la emisión del voto. Toda decisión electoral lleva implícita un esfuerzo cognitivo; en este punto el votante etiqueta la oferta política y la relaciona con sus intereses personales. Nuestra teoría apunta a que el votante desinteresado deposita su papeleta en la urna omitiendo este estadio del proceso. De tal forma que la decantación por partidos mayoritarios resulta la opción menos costosa en cuanto a esfuerzo cognitivo para el votante, la publicidad que absorbemos de dichos partidos es mucho mayor e ineludible que la del resto, particularmente en España donde ambos partidos han gozado de la visibilidad propia del liderazgo, además de contar con mayores recursos que otros partidos minoritarios.

Puede ser interesante para futuras líneas de investigación comprobar si este patrón de comportamiento irracional se repite en el resto de democracias occidentales o si en España se ve especialmente favorecido por  las características políticas y electorales de nuestro sistema (competencia centrípeta, pluralismo moderado, desigualdad de recursos…).

Lo que parece necesario, ante la desproporción entre los resultados y las preferencias electorales producto del desinterés, es una reforma en la estructuración de los sistemas electorales que encaje con el perfil real del votante. A tal efecto son dos las alternativas posibles; la adaptación del sistema al votante, acogiendo una visión platónica sobre la extensión del voto; o la del votante al sistema, lo que requiere un acercamiento de los ciudadanos a la política y un esfuerzo de concienciación sobre la responsabilidad e importancia del voto como presupuesto básico para el buen funcionamiento de la democracia.

BIBLIOGRAFÍA