Ana Isabel Fdez. Jiménez / Esther Muñoz Medina.

 

A día de hoy celebramos el octogésimo cuarto aniversario de un hecho histórico por el que se luchó durante siglos en muchos rincones de la geografía mundial: el voto femenino. La desigualdad entre hombres y mujeres ha sido durante años un hecho real que desafortunadamente aún sigue sucediendo. Fue la Constitución de 1931 de la
Segunda República Española la que reconoció por primera vez el sufragio femenino, en este primer momento, fue un sufragio pasivo en el que sólo las mujeres pudieron presentarse como candidatas, siendo tres de ellas elegidas. Fueron dos largos e inciertos años hasta que finalmente en 1933 las mujeres pudieron ejercer el derecho al voto en
todo el territorio español, celebradas las elecciones un 19 de noviembre. Sin embargo, tres años más tarde, el golpe de estado y la dictadura franquista instaurada en 1939 hicieron decaer las ilusiones democráticas no solo para el género femenino, sino para todos los españoles.

Ahora bien, una vez puesto en marcha el proceso hacia la transición política en la década de los años 70, la ilusión del voto femenino volvió a ser una realidad en las elecciones democráticas de 1977. Desde entonces hasta la actualidad ha habido trece elecciones generales, con distintos presidentes electos que han actuado en el marco del panorama político español en función de los intereses y necesidades del país. Ahora bien, en esta entrada de blog representaremos datos recientes y relativos a la evolución de la participación femenina en las elecciones de 2011 y 2015 de las que disponemos datos suficientes para un análisis adecuado.

Gracias al empleo de las tablas de contingencia podemos analizar las relaciones entre variables cualitativas, en este primer análisis queremos comparar la participación electoral femenina en 2011 y 2015. Estos datos estadísticos debemos leerlos como porcentajes. En primer lugar la variable dependiente que queremos analizar es una variable cualitativa nominal cuyos valores son los que vemos en la parte izquierda de la tabla. Las mujeres en 2011 que fueron a votar y finalmente ejercieron su derecho al voto constituyeron el 83,95% cuya cifra es más alta pero no se aleja de la participación masculina. En comparación con el año 2015 donde las mujeres que votaron fueron un
86,90%, quedando ahora, por debajo de los hombres. Como observamos en la convocatoria de ambas elecciones, la combinación predominante es acudir a las urnas y ejercer su derecho a voto tanto por hombres como por mujeres, siendo el resto de valores de la variable dependiente notablemente más bajos.

Una vez analiza la participación femenina en ambas votaciones, comprobamos la influencia del estado civil de la mujer en la participación o no a las elecciones. Tenemos por tanto una variable dependiente, que es la que queremos explicar desde el inicio reducida a dos valores: “votación” con el valor 0 en el eje de ordenadas y “abstención” con el valor 1 en el mismo eje según los datos de la tabla. De la misma manera la variable independiente estado civil queda reducida a otros dos valores, por tanto también es una variable dicotómica: “no casado” en color azul y “casado” en color rojo. Para el análisis de la variable dependiente hemos tomado en consideración la edad de la mujer, que puede también ser influyente en la participación. Partimos de la base de que a partir de 1 se considera abstención y los valores inferiores, voto. Lo más relevante en el gráfico es la tendencia a votar en la participación electoral conforme la mujer aumenta en edad, tanto para las casadas como para las no casadas. Aleatoriamente uno de los datos que podemos analizar son las mujeres de 56 años casadas que tienen una probabilidad aproximada de 0,80% de acudir a las urnas y aquellas que no han contraído matrimonio tienden más abstenerse pues su probabilidad es del 1,05%. Con el resto de edades sería el mismo análisis. Otro dato añadido es que las diferencias en los votos de las mujeres no es estadísticamente significativa, pues al prolongar las barras de cada una de las edades descubrimos que tienen valores en común. Y finalmente, tenemos que fijarnos
en una cuestión relativa en cuanto a la significación de las variables. Para ello tomamos como ejemplos las edades: “46 años” y “56 años”. Las barras verticales de las mujeres casadas y no casadas que corresponden a la edad de 46 años, no se solapan. Lo contrario ocurre con las barras verticales de las mujeres de 56 años. Esto significa que cuando sobreponen entre sí quiere decir que la variable de mujer no casada y las mujeres casadas son iguales a cuando no se solapan.

Ahora entra en juego una nueva variable independiente muy interesante a efectos de la participación electoral: la educación. Como hemos hecho con el anterior análisis hemos seleccionado la categoría de la mujer, que es lo que queremos explicar en nuestro estudio e igualmente nos hemos servido de la edad como apoyo para el análisis marginal de las variables seleccionadas. En este gráfico continuamos con los mismos valores en el eje de ordenadas y en el eje de abscisas. La nueva variable dicotómica tiene asignadas las categorías: “Estudios superiores o universitarios” en color rojo y “Otros estudios” en azul. Al igual que observábamos en la tabla anterior, la participación electoral aumenta para las mujeres que tienen estudios como las que tienen otro tipo de formación a medida que su edad es mayor. Ahora elegimos como ejemplo de análisis una edad más temprana que la elegida en el gráfico anterior porque la formación universitaria o superior de las personas se da por lo general en estas edades: 26 años. Las mujeres de 26 años con estudios superiores tienen una probabilidad de participar en las elecciones aproximadamente de 0,9%, por otro lado, las mujeres que tienen otro tipo de formación tienden a abstenerse aproximadamente un 1,6%. En este gráfico no se solapan ninguna de las barras verticales de las diferentes edades, por lo que son diferentes. Igualmente, como en el caso anterior, al prolongar las barras horizontales, sus valores coinciden, no son estadísticamente significativas. Consideramos que una buena formación educativa del individuo, en este caso, la mujer, influye a la hora de acudir a las votaciones.

Finalmente, aunque haya sido un breve análisis acerca de la participación electoral femenina, creemos que estas dos variables escogidas han resultado aptas para el estudio de nuestra variable dependiente. Probablemente existan otras muchas que influyan en igual o mayor medida en el voto electoral. Lo más importante acerca del
análisis es que el voto de la mujer en las elecciones españolas no es inservible sino que con el paso de los años va adquiriendo mayor importancia.