Julia Galera / Trajan Shipley.

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Cuando nos preguntamos acerca de la inclusividad y participación política de la mujer en España, el sentido común nos dice que, en general, la situación no sólo es bastante buena, sino que en muchos ámbitos es ejemplar. En efecto, la Ley de Igualdad de Género es pionera entre países de nuestro entorno en muchos sentidos, y la LOREG, en su artículo 44 bis introduce el principio de presencia equilibrada de género, lo que exige que para que las listas electorales sean aprobadas, incluyan un mínimo del 40% y un máximo del 60% de ambos sexos. Asimismo, partidos políticos como el PSOE o Podemos dan un paso más al establecer las denominadas listas cremallera, en las cuales se alternan hombres y mujeres de forma continuada, garantizando de forma efectiva la elección de las mujeres. Esto ha llevado a que España tenga una de las mayores tasas de representación política femenina en el mundo: en la actual legislatura, casi un 40% de diputadas son mujeres.

En este sentido, cabe preguntarse si se han roto los llamados “cleavages de género”, es decir, las características y comportamientos tradicionalmente atribuidos en cuanto al comportamiento político diferente entre hombres y mujeres. En efecto, uno de los debates políticos más importantes dentro de la política española fue el que se dio durante la II República en cuanto a la extensión del voto a las mujeres, protagonizado por Clara Campoamor y Victoria Kent, en la defensa de la extensión del sufragio frente a la consideración del perjuicio de para la agenda política republicana por un perfil de voto de la mujer altamente influido y conservador. Nociones como ésta, que las mujeres sean, en general, más conservadoras que los hombres o más absentistas, son ejemplos de cleavages de género.

Para analizar si ya no existen grandes cleavages o diferencias en cuanto al comportamiento político, debemos, no obstante, partir de una premisa contradictoria, que es que que existe un comportamiento político distinto entre hombres y mujeres, tanto en el grado de participación como en la ubicación ideológica. Este hecho obvio no obsta para afirmar que existan desigualdades de género en la participación política de las mujeres, pero sí que obliga a un análisis más detallado acerca de si realmente existen diferencias importantes que tengan su razón de ser en la diferencia de género. Para ello, nos centraremos en el grado de participación política, para ver si las mujeres participan más o menos que los hombres, y en el grado de ubicación ideológica, para analizar si se trata de un perfil heterogéneo o no.

Como ya se ha señalado, una de las afirmaciones más comunes en relación con el comportamiento político femenino la encontraríamos respecto a la inclinación ideológica. Tradicionalmente se ha considerado a las mujeres de las democracias occidentales más hacia la derecha del espectro ideológico que los hombres. Autores como Tània Verge constatan lo que denomina “distancia ideológica de género”, señalando la tendencia histórica de las mujeres al voto a la derecha de los hombres, pero señalando también la reducción efectiva de esto a lo largo del tiempo. A la luz de los datos es correcto señalar que efectivamente se ha producido un descenso en esta “distancia”, con especial fuerza en los últimos años y durante las últimas campañas electorales, en las cuales se observa que en el electorado español, ligeramente escorado a la izquierda, no existe una diferencia que podamos considerar siquiera significativa en razón de género, situándose las mujeres ligeramente más a la derecha que los hombres (4.67 frente a 4.62 en una escala del 1-10, 1 izquierda 10 derecha), pero con una tasa irrelevante a los efectos de extraer conclusiones plausibles.

En esta afirmación de tendencia femenina hacia la derecha tradicionalmente se han argumentado dos elementos contribuyentes esenciales, entre otros: la religión y el estado civil en términos de influencia del marido. Sin embargo, durante los últimos años estos elementos han ido perdiendo también relevancia tanto en su capacidad explicativa de la tendencia como en la propia diferencia de la influencia respecto al género. En este sentido, los datos arrojan modelos en los que apenas cabe señalar una diferencia significativa entre hombres y mujeres: ambos tienen el mismo grado de religiosidad (salvo en la asistencia semanal) y el en el estado civil se observan patrones muy similares. De ello se deduce, como mínimo, que la afirmación tradicional de que las mujeres se inclinan más a la derecha en el espectro político no se sustenta en los argumentos tradicionales que lo respaldad – el estado civil y la religiosidad.

 

En cuanto a la participación política de la mujer, medida en términos electorales, es necesario comenzar recalcando que la tendencia en la última década es el aumento de participación política de la mujer hasta llegar a resultados similares a los hombres, e incluso llegando a sobrepasarlos en algunas ocasiones. Durante los últimos años, la participación electoral femenina se ha mantenido en términos similares a la de los hombres, resaltando tras las elecciones de 2015 un aumento muy relevante de la abstención, generalizado en todos los votantes pero especialmente fuerte en el espectro de las mujeres y, por otro lado, el mantenimiento de otro de los cleavages tradicionales de género, el voto femenino a los partidos tradicionales, encarnado a la perfección en el perfil de votante del PSOE. Considerando otros elementos que tienen importancia respecto a la participación política electoral, como puede ser la consideración del carácter del voto, como derecho o deber, mientras sí que encontramos una tendencia generalizada a la percepción del mismo como derecho (60-70%), no encontramos una diferencia que pudieses considerarse relevante entre géneros, lo que también nos podría servir de indicador de la ruptura de la distancia entre los géneros en la percepción y la implicación política.

 

A la luz de todo esto cabría plantearnos si estos cleavages tradicionales de género han quedado desfasados y deberían ser remplazados por otras perspectivas y, fundamentalmente, por un nuevo enfoque capaz de interpretar las relevantes diferencias que aún subsisten en el comportamiento político en virtud de género, condicionado por factores cada vez más complejos que sobrepasan con creces la dimensión de cualquier concepto explicativo tradicional.