Iciar Herrero Montañés.

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Hoy en día, y especialmente  raíz de la crisis económica que azota nuestro país desde el 2008, la situación económica está presente en el centro de la actividad política. Los ciudadanos parecemos ser más críticos cuando las cosas no van bien, y los partidos políticos se hacen también fácilmente partícipes de la evaluación y crítica al Gobierno. Los Gobiernos cambian, y cambian más cuando peor van las cosas. Los ciudadanos podemos ser, en este sentido, votantes volátiles que ofrecen ámbito de maniobra a esos cambios de Gobierno. ¿Hasta qué punto podría considerarse que los españoles, en los momentos de crisis económica más aguda, hemos actuado como “evaluadores” de la gestión del Gobierno, y actuado en consecuencia como votantes?

Reagan dirigió a los votantes americanos una pregunta decisiva: “cuando todos ustedes se dirijan a las urnas, será imprescindible que se hagan una pregunta a sí mismos: Están ustedes en una mejor situación de la que estaban hace cuatro años?” Esta cita es una aproximación muy directa a los fundamentos del voto económico objeto de nuestro análisis. La principal idea detrás del voto económico, introducida por V.O. Key, es la hipótesis del premio-castigo. Si los votantes no están satisfechos con la gestión del Gobierno y la situación económica, votarán al partido de oposición, o simplemente a aquellos cuya gestión valoren como positiva o eficaz.

Para dar base a este análisis, me basaré en los datos recogidos por la Encuesta Social Europea durante los años de crisis económica en España. En primer lugar, prestaremos atención a los datos recogidos para la opción de “a qué partido se sienten más cercanos los votantes” para el 2006. Esto será relevante en la medida que observamos datos recogidos tras las elecciones generales del 2004, teniendo en cuenta la valoración que realizan los votantes en un contexto económico todavía en alza. Para la selección  de los datos a observar, ha sido necesario seleccionar entre las distintas variantes del voto económico. Reagan llamaba a los votantes a tomar una decisión en base a la afección personal de la situación económica y política del país. Sin embargo, ha venido siendo demostrado que los ciudadanos, en la toma de decisiones electorales, fijan su atención en aquellos datos sociotrópicos, esto es: indicativos de la situación de la sociedad en general.  Para esos datos, los que se sentían más cercanos a los partidos de izquierdas, en especial PSOE, se iban a sentir más satisfechos con la gestión del Gobierno. Se podría explicar en ese sentido la reelección de Zapatero como presidente del gobierno en 2008. La práctica mayoría de aquellos ciudadanos más cercanos al PP valoraban de forma negativa esa gestión. En cuanto a la valoración de la situación económica, previa a la crisis, puede apreciarse que son precisamente los partidarios del PP los más positivos. Esto resulta confirmatorio de nuestra hipótesis de que los ciudadanos, para el voto económico, no sólo tienen en cuenta cuestiones económicas. Los votantes realizan una evaluación completa de la situación del país, incluyendo aspectos como la gestión del Gobierno.

 

Pero, ¿pueden los votantes ver el futuro? Los datos empleados como fuente, han tenido principalmente en cuenta aquellas preguntas que se refieren a valoraciones retrospectivas sin perjuicio, desde luego, a lo comentado sobre las tendencias personales de cada votante.

En  las elecciones del 2011, se produce un cambio de Gobierno a favor de los populares. Los datos relativos al 2012 arrojan datos explicativos que denotan la influencia de la evaluación de la situación económica y política e los resultados del 2011. Teniendo en cuenta esta vez el partido votado en las últimas elecciones, los que declararon votar al PSOE, veían mejor la marcha de la economía. Casi el doble de votantes socialistas veían como muy buena la situación económica. Sin embargo, respecto a situación “muy mala”, casi cuatro veces más votantes populares señalarían esta opción. Los datos referentes a la satisfacción con el Gobierno nacional, arrojan datos muy similares que apoyan nuestra hipótesis. En este último caso, el apoyo de los votantes del PSOE hacia la gestión de su partido se ha reducido frente a los datos del 2006. Según nuestra hipótesis, sería de esperar el descontento de los votantes populares, pero es realmente relevante el descontento elevado de los votantes socialistas, que pudieron impulsar el cambio de gobierno.

Señalaba al principio las características principales de las elecciones anteriores al 2011. Las últimas elecciones generales tuvieron, sin embargo, un “ingrediente” diferenciador respecto a éstas: la irrupción en escena de nuevos partidos políticos, dotados de gran cobertura mediática y un interés social considerable. No se ha prestado atención hasta ahora al hecho de que, para las circunstancias relativas a las elecciones de los años 2015 y 2016, la capacidad explicativa de la hipótesis del premio-castigo podría verse reducida. Para los datos relativos al año 2014, el grado de satisfacción con la democracia puede ser otra fuente interesante de valoración de los ciudadanos, que se referirá, por ejemplo, a la rendición de cuentas. La gran mayoría de los ciudadanos, de forma general, se habría decantado por posturas menos satisfechas. El “pico”, la valoración más repetida sería aquella en la que los votantes están medianamente satisfechos.

Aquí es precisamente donde esta publicación aporta, a modo de conclusión, nuevas ideas. Si nuestras hipótesis fuesen correctas, la pérdida de votos de los populares podría deberse más que a la relativa mejora de la situación económica, a la baja evaluación de sus políticas de recortes y austeridad. El crecimiento de las nuevas potencias políticas podrían deberse al “castigo” de los electores a los viejos partidos, tras el descontento producido por los escándalos de corrupción e incapacidad para hacer frente a la situación económica dramática que vivía el país. Sin embargo, el apoyo que han seguido recibiendo PP y PSOE, de no tener fuente en la evaluación positiva de los electores, podrían deberse a otros factores (como la costumbre en el voto que se hubiese adquirido), independientes de la estricta evaluación política.

En fin, parecía poco realista afirmar que los votantes pueden, en todo caso, ser evaluadores objetivos de la gestión política. Deberá ser objeto de atención el hecho de que, en un contexto político más amplio como el actual, deberemos ser precavidos al considerar qué cuestiones pueden ser efectivamente objeto de evaluación a efectos del voto económico y qué otras cuestiones suponen limitaciones para los votantes de cara a ser consecuente mediante su voto.

 

Bibliografía.