Miguel Gutiérrez Sánchez.

 

Tras años de idas y venidas, de un constante “tira y afloja” entre los distintos actores afectados por el proyecto, estas Navidades se puso en práctica, esta vez de forma definitiva, la semipeatonalización de la Gran Vía. Sin embargo, la ampliación de las aceras y la redistribución del tráfico a las calles circundantes difícilmente ofrecerán una solución más allá de medio plazo. Por ello, proponemos rescatar la idea del soterramiento, considerada, en tiempos, la mejor opción para el futuro de la zona.

Siguiendo las tesis del arquitecto Miguel de Oriol (Autor de la Torre Europa y de la transformación de la plaza de Oriente) en el proyecto “Gran Vía a pie”, que desarrolló para un concurso de ideas convocado en 2010, siendo alcalde de la ciudad Alberto Ruiz Gallardón, la única manera de conciliar la función de la Gran Vía como arteria principal y eje este-oeste de la ciudad y la de ser una de las calles comerciales más importantes de Europa, era el soterramiento.

El soterramiento posibilitaba potenciar ambas funciones sin perjudicar ninguna. Permitía mantener, e incluso ampliar, el número de carriles para el tráfico rodado, dedicando la superficie al tránsito peatonal, con lo que la ganancia en espacios sería clara, y se conciliarían las diferentes posturas que abogan más por el peatón o por una mejor circulación. Al fin y al cabo, el tráfico que se le quita a la Gran Vía con el proyecto actual no desaparece, sino que se redistribuye a calles adyacentes, también bastante colapsadas.

En su proyecto original, este arquitecto proponía la futura Gran Vía como un gran parque, un alargado pulmón verde que atravesaría el centro de Madrid lleno de estanques, jardines y árboles. ¿La manera de financiar el soterramiento? La construcción de más de 4.000 plazas de aparcamiento subterráneas.

En años venideros, con la reforma de la Plaza de España a la vista, y su fuerte apuesta por la peatonalización y las zonas verdes, así como la modificación del reparto de los espacios en la zona adyacente a la Gran Vía, podría ser el momento adecuado para plantear el diseño de un plan orgánico que integrase ambas propuestas, potenciándose así mutuamente los aspectos más positivos de ambos proyectos, desarrollando un plan que se adapte al otro. La semipeatonalización es un paso en la dirección adecuada, que haría más atractiva la Gran Vía para los ciudadanos, y potenciaría, seguramente, el negocio de sus comercios. Sin embargo, no tendría la envergadura ni la ambición suficientes que podrían hacer de la Gran Vía un verdadero icono entre las urbes europeas.

No nos engañemos: el soterramiento es un proceso tremendamente costoso si lo comparamos con el plan actual. Además, ciertos elementos del mismo también ofrecen problemáticas de difícil solución. Por ejemplo, la contaminación en el centro de la ciudad no se reduciría, al enterrar el tráfico en vez de desviarlo, pero se estaría aportando verde y vegetación a una zona que, precisamente, no tiene exceso de ella. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los planes tenían previsto financiarse con la creación de esas 4.000 plazas de aparcamiento, chocarían con la estrategia actual, que pasa por reducir el número de vehículos que acceden al centro de la ciudad. No parece una buena estrategia disuasoria aumentar exponencialmente el número de plazas de aparcamiento en el mismo centro de Madrid. Además, cabe mencionar que para realizar estas obras debería cerrarse el acceso a la zona durante un mínimo de seis meses, según planteaba el estudio inicial, con las consiguientes pérdidas para los comercios y los problemas de desplazamiento y circulación que esto plantea, además del rechazo vecinal.

Por todo ello, el éxito de un futuro plan de soterramiento para la Gran Vía pasa por el diseño de un proyecto integral que, partiendo de las ideas aquí expuestas, sea capaz de conciliar necesidades, beneficios y problemáticas. El proyecto actual de semipeatonalización debe funcionar como un primer paso, pero que no nos impida seguir desarrollando planes para un futuro mejor para nuestra Gran Vía y, por tanto, para nuestra ciudad de Madrid.