Yago Rodríguez Palao.

 

La pobreza ha sido históricamente definida de diversas maneras. Nosotros las hemos clasificado en tres. En primer lugar encontramos la pobreza extrema, definida por el Banco Mundial como el conjunto de personas que viven con menos de 1,90 dólares, este tipo de pobreza es común en las zonas subdesarrollados como África.

El segundo tipo de pobreza, y el que más ha sido estudiado debido a su propia naturaleza es la pobreza relativa. La Organización Internacional del Trabajo afirma “al nivel más básico, individuos y familias son considerados pobres cuando su nivel de vida, medido en término de ingreso o consumo, está por debajo de un estándar específico” (OIT, 1995: 6)[1]. Ringen sostiene que la pobreza es un “nivel de consumo que está por debajo de lo que generalmente es considerado el mínimo decente” (1988: 354)[2]. A diferencia de la pobreza extrema, ésta se refiere a la condición de estar por debajo de un umbral que indica la falta de recursos que en el resto de la sociedad se dan por hechos. La UE fija este umbral “en el 60% de la mediana de los ingresos por unidad de consumo de los hogares nacionales”.

Por último, el tipo de pobreza que analizaremos es el riesgo de pobreza o exclusión social de la estrategia Europa 2000 conocida por sus siglas en ingles, AROPE. La particularidad de este tipo de pobreza es que además de incluir a aquellos  situados debajo del umbral de riesgo de pobreza se añaden también aquellas personas de 0-59 años en cuyos hogares una una muy baja intensidad de empleo (20%) o tienen una carencia material severa[3].

 

 

Nos hemos centrado, como ya hemos dicho, en la pobreza AROPE, y la hemos estudiado en el territorio español. Como es lógico pensar, desde la llegada de la crisis ésta ha ido aumentando hasta el año 2014, donde se ha producido un cambio de tendencia (gráfico 1).

 

 

Entre las variables demográficas clásicas, la edad y el sexo (gráfico 2), encontramos importancias significativas fundamentalmente en la edad, siendo los menores de 30 años los principales afectados, y los mayores de 65 los que menos. Las diferencias son tales, que entre el grupo de 16-29 años y los mayores de 65 se sitúa en 24 puntos. Fijándonos en el sexo por grupos de edad, las diferencias, aunque existentes, son muy pequeñas en favor del sexo masculino, a excepción de los menores de 16 años, donde parece que la situación se invierte y son las mujeres las menos afectadas. Contrariamente a lo que se podría pensar viendo las diferencias únicamente por grupos de edad, respecto al total de la población, son los hombres (28% frente a 27,9%) los más afectados. Esto se puede explicar con la progresiva entrada de la mujer al mercado laboral con condiciones cada vez más igualitarias, emancipándose del genero masculino.

Otro de los factores claves es la nacionalidad del individuo (gráfico 3). Se puede observar como el riesgo de exclusión social aumenta cuando se trata de un extranjero, siendo revelador si es miembro la UE (47,3%) o no (60,1%). Esto se entiende debido a la falta de apoyo familiar, las barreras lingüísticas y culturales.

 

 

El nivel de estudios del individuo constituirá un factor primordial, especialmente en el salto a la educación superior (14,5%). Es razonable presuponer una relación inversa entre el riesgo de pobreza y el nivel de estudios. Y a pesar de que esto se cumple en tres de los cuatro saltos, existe una excepción entre la educación primaria (31,5%) y la primera etapa de la secundaría (37,9%). Podemos hallar explicación a esta aparente incongruencia en que ambos niveles aspiran a unos trabajos potenciales muy similares, caracterizados por ser empleos manuales donde la experiencia cobra mayor peso que los estudios.

 

 

A pesar de las importantes diferencias apreciadas en los anteriores gráficos, no es sino en la actividad del individuo donde se encuentran mayores desigualdades. Como es razonable los ocupados y los jubilados son los que menos riesgos ostentan debido a que poseen unos ingresos. Aún así un 16,8% de los ocupados se encuentra en riesgo de exclusión social, lo cual dice mucho de que tipos de contratos estamos creando: precarios, temporales y a tiempo parcial. También se entiende que los jubilados, que a diferencia del trabajador, poseen unos ingresos asegurados, en muchos casos una vivienda pagada y no tienen que sustentar a los hijos, sean los menos afectados (13,3%). La otra cara de la moneda son los parados, que con un 62,7%, es el grupo más afectado.

 

 

Existen otros factores que tienden a influir en la pobreza pero que no hemos podido analizar aquí debido a la extensión del mismo. Ejemplos de estas otras variables son el tipo de hogar o la comunidad autónoma de residencia.

Concluyendo, el perfil de los individuos mayormente afectados es el de las mujeres de entre 16 y 29 años, extranjeros no-europeos, que no ha terminado la primera etapa de la secundaria y se encuentra en el paro.

La pobreza es un problema real, y no hace falta acudir a áfrica para contemplarla, en territorio español más de una de cada cuatro personas vive bajo riesgo de exclusión social. Una cifra que debería avergonzarnos como colectividad y hacernos reaccionar pidiendo soluciones efectivas a nuestros representantes.

 

Referencias: