Martina Peláez / Henar Vico.

 

“No hay trabajo malo, lo malo es trabajar.”[1]

La palabra trabajo proviene del latín tripalium, que significa objeto de tortura, pero también puede referirse a un momento de tormento psicológico o de sufrimiento físico[2]. En efecto, el trabajo ha tenido siempre una connotación negativa. Esto, se ve incluso reflejado en la historia bíblica. Así, Dios condena a Adam a tener que trabajar para poder sobrevivir el resto de su vida. El trabajo se transforma de esta manera, en una especie de castigo divino, que va a condicionar al hombre durante el resto de su existencia. Esta concepción peyorativa se extiende, de este modo, hasta nuestros días. Donde el empleo se ve como algo pesado, cuya realización nos supone una traba diaria que suele implicar largas horas, jerarquías rígidas y esfuerzos físicos y/o mentales, entre otros.

Sin embargo, en la historia de la filosofía hay una divergencia de opiniones con respecto a la concepción y las consecuencias del trabajo en la vida del hombre. Por ejemplo, Hegel considera que el trabajo puede, efectivamente, constituir una herramienta liberadora[3]. Así, teoriza la dialéctica del amo y del esclavo, a través de la cual evidencia cómo el trabajo realizado por el esclavo, le va a proporcionar los medios para su propia liberación (su voluntad triunfaría frente a sus deseos, los cuales dominaría; aprendizaje y dominio que le ha proporcionado el propio trabajo). De esta forma, el esclavo siente una mayor satisfacción, y por lo tanto ¿cómo se vería afectada su felicidad? Por otro lado, la felicidad puede definirse como un estado de grata satisfacción espiritual y física[4].   Y  entonces,  ¿qué  hay  de  nuestra  realidad contemporánea y en particular, de los estragos causados por la crisis económica de 2008 (pérdidas de millones de empleos, bajada de sueldos, inestabilidad laboral etc.) ?

Nos preguntamos por lo tanto, sobre ¿cómo se ha visto afectada nuestra felicidad ante una deterioración constante, del trabajo que realizamos? Para analizar esto, hemos decidido utilizar cuatro principales variables. Estas han sido recogidas de la base de datos de la encuesta postelectoral de 2016 del CIS (la felicidad personal del encuestado, su situación laboral en el momento de la encuesta, la probabilidad de perder el trabajo en los próximos 12 meses y por último, la reagrupación en sectores laborales).

Gráfico 1: Relación entre la situación laboral y la media de felicidad

  

Gráfico elaborado a partir de las bases de datos del CIS de la encuesta postelectoral de 2016, con Stata (la media de felicidad en función de la situación laboral).

 

Al interpretar este gráfico,vemos que los que poseen la media de felicidad más alta, son los estudiantes. En efecto, podría no ser difícil imaginarse el por qué. Pero, sorprendentemente (o no), los estudiantes están seguidos por aquellos que ocupan la categoría “parado que no ha encontrado trabajo antes”, y en un tercer lugar por aquellos que trabajan. Podríamos explicar este hecho, gracias a la idea de que esta segunda categoría mencionada, estaría dando sus primeros pasos en el mundo laboral, donde el entusiasmo y la esperanza (por encontrar su primer empleo) seguirían aún intactos. A continuación encontramos la categoría “trabajo doméstico no remunerado”, con una media ligeramente más baja con respecto a las anteriores. A pesar de poder pensar, que todas estas categorías pueden ser consideradas del mismo modo que un trabajo remunerado, la satisfacción que genera parece ser inferior comparado con aquellos que se encuentran en el mercado laboral o en su ciclo educativo.

Podríamos pensar así, en una eventual clasificación entre aquellas ocupaciones que satisficiesen más a los individuos en cuestión (y que, por ende contribuyesen a su felicidad) y las que no lo hacen en tan gran medida. Esto ayudaría así a reforzar esa idea mediante la cual, el trabajo constituiría efectivamente, una actividad satisfactoria (gracias a la cual uno obtendría la sensación de realización). De ahí que al observar las dos categorías referentes a los jubilados, aquellos habiendo trabajado con anterioridad, poseen una media de felicidad mayor (en parte explicado por ese sentimiento de satisfacción consigo mismo).

En la reagrupación de las categorías de “trabaja” y “parado que ha trabajado antes”, la diferencia en sus medias se puede explicar por esa concepción de la necesidad de un trabajo que permitiese la obtención de herramientas de aprendizaje y conocimientos. Además de la suma de razones contextuales como la perspectiva de quedar en paro durante un largo periodo, las diferentes inquietudes frente a la idea de una falta de estabilidad llegados ya a una cierta edad de madurez o el miedo de no poder hacer frente a responsabilidades como la familia. Y frente a esto, ¿no estaríamos por lo tanto, introduciendo otra variable, la estabilidad?

Gráfico 2: La felicidad en función de la estabilidad laboral

Gráfico elaborado con los datos sobre felicidad y la probabilidad de perder el trabajo de la encuesta postelectoral de 2016 con Stata.

 

En efecto, el trabajo es visto, por regla general, como una fuente de estabilidad (rutina, sueldo etc.), que permitiría la construcción de perspectivas de futuro (donde encuentran cabida la emancipación y la independencia, tanto a nivel económico como personal). A esto, habría que añadir la búsqueda de un cierto reconocimiento laboral y ascenso social. Como podemos observar en este gráfico, aquellas personas que tienen más probabilidades de perder su trabajo, se auto-posicionan en menor medida en notas más próximas al 10. Lo que subraya la idea de que una preocupación latente, como en este caso la pérdida del empleo, afecta de manera significativa a nuestra felicidad.

Gráfico 3: La felicidad en función de la rama laboral

Gráfico elaborado a través de la recodificación de datos sobre las diferentes ramas de trabajo por sectores y la variable de felicidad de la encuesta postelectoral del CIS de 2016 con Stata.

 

Hemos empezado este post con una citación que decía ““no hay trabajo malo, lo malo es trabajar” pero según este gráfico y con lo visto anteriormente, podríamos proponer que lo bueno es trabajar y que sí hay, trabajos malos. Según este gráfico vemos que las medias de felicidad son diferentes en función de los sectores donde se realiza la actividad laboral. De e hecho, hay varias teorías que intentan explicar cómo el trabajo tiene que ser un instrumento para el individuo para aprender y desarrollar nuevas habilidades y conocimientos. De esta manera, el individuo puede sentirse realizado y conseguir cierta satisfacción personal. Por ejemplo la teoría marxista[5], donde se critica el trabajo obrero vinculado a las cadenas de trabajo. Estas últimas, los automatizaría y les haría parecer más a una máquina que a un ser humano. El trabajo se convierte así, en un instrumento para someter a una parte de la sociedad, el proletariado.

A lo largo del post hemos analizado, la aparente relación entre la felicidad y el trabajo, y como este último tiene un cierto peso a la hora de evaluar la felicidad. Al igual que podemos suponer que en función de las características de la actividad laboral hay trabajos más agradecidos que otros y esto claramente va a influenciar más o menos en la calidad de vida de los individuos y por lo tanto en su felicidad.

Sin embargo, debemos recalcar los límites que se pueden encontrar en este estudio (la variable de trabajo no es la única variable explicativa de nuestra felicidad). Existen de hecho, otros factores que contribuyen en la felicidad de una persona. Y de hecho, como hemos podido ver en los análisis de nuestros gráficos siempre quedan otras interpretaciones posibles como la preocupación por la situación económica o el estado de salud. Sin obviar que ambos factores pueden estar también, fuertemente ligados con la situación y la actividad laboral. ¿Podríamos pensar, que en la actualidad el trabajo ha adquirido una dimensión demasiado importante, a tal punto que somos absolutamente dependientes de él?

 

Referencias: